La reciente declaración del Pentágono en relación a que Irán podría haber llevado a cabo ataques aéreos contra objetivos de ISIS en la provincia iraquí de Diyala equivale a una aprobación tácita de Estados Unidos hacia una creciente presencia militar de Irán en Iraq.

Ninguna operación militar de semejante escala elude la detección por parte de los radares de Estados Unidos. Incluso si no son aprobadas o coordinadas con anticipación, las operaciones aéreas y terrestres de Irán en contra de los criminales asesinos del auto proclamado califa Abu Bakr al-Baghdadi hacen que la República Islámica sea efectivamente un socio de Estados Unidos en la lucha contra el mayor enemigo de dicho país: el fundamentalismo islamista.

La estrategia de Estados Unidos respecto al Medio Oriente desde la Primavera Árabe ha sido definida por una retirada proactiva y por la vacilación.
Perseguidos por el legado de Irak y Afganistán, el público estadounidense no está preparado para involucrarse en operaciones militares terrestres intensas y prolongadas, particularmente no para participar en un conflicto que al menos en Washington se percibe esencialmente como un asunto de interés regional.
Y parece ser que, en casa, aparte de una fatiga general por la guerra y un rechazo a que haya más víctimas, el presidente de los Estados Unidos Barack

Obama, no quiere ser recordado como el presidente que se embarcó en una tercera aventura en el Medio Oriente. Como rehén de la opinión pública, Obama en su segundo mandato, parece ser cada vez más el hombre impotente que elige un camino de mínima resistencia en el extranjero, tomando decisiones que no están basadas en consideraciones estratégicas a largo plazo sino en un enfoque a corto plazo de control de daños.

En Libia, Siria e Irak, Estados Unidos se ha relegado, llamando a socios locales y representantes para que lo releven. Cualquier exclusión previa de tropas sobre el terreno significa que Estados Unidos no llevará su poder militar para ocuparse de aquellos que amenazan con destruir el Medio Oriente.

En Siria, Estados Unidos ignoró el problema de Bashar Al-Assad, en Irak se hizo de la vista gorda a las políticas de exclusión de Nouri al-Maliki mientras que permitía en Libia que se degenerara a un estado de anarquía. Sin una estrategia proactiva sostenible hacia el Medio Oriente, la política estadounidense hacia la región se vio frecuentemente moldeada en no reaccionar a los sucesos que se intensificaban rápidamente en el terreno.

Como resultado, los Estados Unidos hoy ven a una región donde los estados de Libia, Siria e Irak han efectivamente dejado de existir. El vacío sociopolítico se hallenado con agentes transanacionales no estatales, de quienes mucho se suscriben a los estandartes negros del yihadismo… algo que deja al público estadounidense profundamente intranquilo.

Las imágenes transmitidas de ciudadanos estadounidenses siendo decapitados de manera brutal sacudieron a Estados Unidos hasta lo más profundo. Después de años de una relativa retirada e inactividad, Obama ahora se ve obligado finalmente a hacer algo en Siria e Iraq. De ese modo, el principio absoluto parece ser mantener el impacto militar a un nivel tan bajo como sea posible.

La principal carga de intervención tiene que ser soportada por multiplicadores de fuerza quienes sustituyen, de manera operacional y estratégica, a la disposición y capacidad de Estados Unidos… todo esto en una guerra cuyo propósito ya no es proteger los logros revolucionarios de la Primavera Árabe sino principalmente, contener la amenaza del fundamentalismo islamista.

En esta guerra, el general libio renegado Khalifa Haftar, al-Asad e Irán son el menor de los dos males. La improbable coalición moldeó la respuesta multilateral del gobierno de Estados Unidos al dilema de reconciliar las preocupaciones públicas de seguridad con la fatiga que el público siente hacia la guerra. Todos parecen bienvenidos. Sin embargo, Irán parece ser el socio más confiable: una súper potencia regional con la capacidad, voluntad estratégica y participación necesarias en tierra.
Una buena cooperación con Teherán, incluso si es indirecta, le permite a Estados Unidos poner presión sobre sus socios árabes en el Golfo para que intensifiquen sus medidas contra el fundamentalismo islámico en la región.

Al mismo tiempo, Estados Unidos quiere que el Consejo de Cooperación de los Estados Árabes del Golfo se comprometa a proveer las opciones sobre el terreno, que Estados Unidos ya no puede o no quiere ofrecer. No hay que olvidar que el acercamiento con Irán también permite que Obama le ponga punto final a la ostentosa exhibición de poder militar de Netanyahu en relación a Teherán. Aunque está comprometido con la seguridad de Irsael, Estados Unidos no estará disponible para dar una solución militar al programa nuclear iraní.

El acercamiento de Estados Unidos con Irán en el campo de batalla más sensible de la región, sobre todas las cosas, socava la posición de Estados Unidos en el Medio Oriente.

Aparte de perder la confianza y el interés de la región, la credibilidad de Estados Unidos como una súper potencia estará en duda siempre y cuando la capacidad se vea constreñida por la falta de voluntad política para utilizarla.

Sin la fuerza de voluntad estadounidense para tomar un enfoque más a largo plazo a fin de abordar de raíz las causas sociopolíticas del levantamiento regional, los participantes regionales, entre ellos al Asad, intervendrán para desarrollar sus propias estrategias de manera independiente. El resultado será una gradual intensificación de la confrontación regional a lo largo de líneas de división ideológicas y sectarias; una confrontación en la que Estados Unidos será un simple espectador.